De la realidad de la Cañada de la Muerte

27/09/2016
"Que no me vengan con historias y monsergas acerca de que esto es algo relacionado con la pobreza, el paro, la marginalidad o la exclusión social"

Quienes me conocen profesionalmente, saben de sobra que no soy persona de medias tintas o de medias palabras. No sé si será un defecto o una virtud y aunque en el reino de la hipocresía en el que se ha convertido Melilla, eso sea casi un pecado capital, soy de los que dicen lo que piensa y trataré de seguir haciéndolo todo el tiempo que la salud me lo permita. Por eso, no me voy a andar con contemplaciones a la hora de valorar lo que ocurrió el domingo en la Cañada de Hidúm.

Lo primero que tengo que decir, entre otras cosas porque es una gran verdad, es que no nos equivoquemos. Sí, que no nos equivoquemos, porque en la Cañada de Hidúm, conocida por todos los melillenses como la Cañada de la Muerte, aunque ahora sea políticamente incorrecto decirlo, ni están todos los que son delincuentes habituales, ni todos los que están  son delincuentes habituales.

Coincido al 100% en la reflexión realizada por Coalición por Melilla, relativa a que ni se puede, ni mucho menos se debe criminalizar, ni satanizar a una barriada entera y mucho menos a todos los residentes en ella. Esto que quede claro, no sea que algún iluminado tenga la intención de hacer tabla rasa y mezclar a los que lo son y a los que no lo son y no quieren que lo sea nadie.

Dicho esto, vayamos al fondo del asunto y el fondo del asunto no es otro que aquellos delincuentes que hicieron lo que hicieron. Que apedrearon a la Policía Nacional y a la Policía Local, como antes han apedreado en reiteradas ocasiones a la COA, a las ambulancias, a los bomberos, a los carteros y a todo aquel que les ha dado la real gana. Los mismos que destrozaron un coche del Cuerpo Nacional de Policía, como paso previo a querer quemarlo.

Los que robaron un arma de fuego muy peligrosa de ese mismo vehículo y un navegador y  los que campan a sus anchas en esa zona de gran densidad de población, donde algunos se esconden detrás de otros ciudadanos ejemplares que también residen allí.

Hacen esto porque se les permite que hagan esto. Sí, queridos amigos y amigas, lo que viene pasando desde hace muchos, pero muchos años en la Cañada de Hidúm, como centro de la acción de estos delincuentes, es algo que se veía venir desde hace muchos, pero que muchos años en Melilla.

Y de verdad, que no me vengan con historias y monsergas acerca de que esto es algo relacionado con la pobreza, el paro, la marginalidad o la exclusión social. Eso es una mentira más grande que la Iglesia del Sagrado Corazón. Precisamente, la mayoría de los que protagonizan este tipo de altercados, de pobre no tienen nada, pero nada de nada, son los mismos que van con coches de alta gama a grandes velocidades por cualquier calle de la ciudad y a los que se les requisan, como norma habitual, catanas, bates de béisbol, cuchillos y lo que no son cuchillos.

Así que aunque sea por unos minutos, aparquemos la hipocresía y llamemos a las cosas por su nombre, que los tienen y además muy claritos.

Todo que esto que viene pasando, insisto desde hace ya demasiado tiempo en esa zona de la ciudad, pasa porque alguien no hace lo que tiene que hacer para que no pase.

Es verdad, y hay que reconocerlo así, que en todos sitios hay barriadas digamos que peligrosas, desde la Palmilla en Málaga a las no se cuantas mil viviendas en Sevilla, el Príncipe en Ceuta, etc. Zonas de ciudadanos que no se por qué, y a santo de qué, se dejan que poco a poco que se vayan convirtiendo en una especie de guetos en los que delinquir, además de estar al orden del día, los haga ser más importantes y hasta más guapos si la ocasión lo requiere.

Y eso es lo que ha pasado en los últimos años en la Cañada de la Muerte. Que la incomprensible pasividad de quienes tienen la obligación de garantizar la seguridad de todos los melillenses, ha envalentonado a unos cuantos delincuentes, que son los que de verdad mandan en esa zona de la ciudad.

Salvando las distancias, que evidentemente las hay y además muchas, la Cañada de la Muerte es una especie de favela en la que no mandan los poderes públicos ni las autoridades. Mandan unos pocos que hacen y deshacen a su antojo, como y cuando quieren.

Algunos me dirán que si estoy loco, que si esto es una barbaridad o que vivo alejado de la realidad de las cosas que pasan en esa zona de la ciudad. De acuerdo, que lo hagan.  Están en todo su derecho de hacerlo y hasta de criticarlo.

¿Pero me pueden explicar a mí qué es una zona de una ciudad en la que policía no puede entrar ni a la ayuda y socorro de un  ciudadano? ¿Me puede explicar alguien a mí, qué es una ciudad en la que el transporte público de los ciudadanos no puede acceder? ¿Me puede explicar alguien a mí, qué es una zona de la ciudad en la que los bomberos no pueden ir a sofocar un incendio? ¿Me puede explicar alguien a mí, qué es una zona de la ciudad en la que si una administración pública quiere hacer una obra y no contrata vecinos de esa zona, la obra no se hace?

Y ya, para colmo de todos los colmos y males de todos los males.  ¿Me puede explicar alguien a mi qué es una zona de la ciudad en la que el 80% de sus viviendas son ilegales? ¿Me lo puede explicar alguien?

Miren, ante la situación creada, insisto desde hace muchos años en la Cañada de la Muerte, reitero por la pasividad e inoperancia de quienes nunca debieron dejar que esto pasara, sólo tenemos dos opciones.  Además, dos opciones claramente fijadas y perfectamente definidas.

La primera, seguir como estamos.  Es decir, con lo políticamente correcto, mirando para otro lado, inaugurando marquesinas de paradas de autobuses que a los tres días ya habían sido robadas o haciendo la vista gorda ante aquello que en otras zonas de Melilla es perseguido por la policía y la justicia.

Bien, es una opción.  Para mí desde luego nada respetable, pero desde luego es una opción. Pasividad, hasta que como bien ha apuntado el Sindicato Unificado de la Policía, tengamos que lamentar alguna o algunas víctimas mortales, por ejemplo, por disparos de armas de fuego.

La segunda, enfrentarnos a la realidad de lo que allí ocurre. Coger el toro por los cuernos, y como bien ha apuntado, la Unión Federal de Policía, actuar de manera enérgica y contundente contra el delito en esa zona de la ciudad.

Esta es una elección tan fácil como sencilla y que además está en las manos de aquellos que tienen obligación de hacer cumplir el orden y la ley.

¿Qué optamos por la primera de las opciones?  Pues nada, a esperar acontecimientos que ante la impunidad y el no querer admitir la realidad de las cosas, llegar, por supuesto que llegarán.

¿Qué optamos por la segunda?  Pues sí, tendremos ruido y seremos portada de medios de comunicación nacionales, pero con la contundencia y la efectividad que caracteriza a nuestros Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y a nosotros hombres y mujeres del Cuerpo de la Policía Local de Melilla, no me cabe duda que si no en un mes, en dos y si no en tres, la Cañada de Hidum volverá a ser un barrio más de la ciudad. Sus vecinos ejemplares, que los hay y además mucho, podrán vivir en una zona tranquila y al final, todos los melillenses, viviremos mejor.

Insisto en que la elección es bien sencilla.  No me corresponde a mí tener que hacerla, pero quien la tenga que hacer, que eche la vista atrás y vea como las cosas van cada vez peor.

De nada servirá ahora detener a no sé cuántos y por no sé cuántos delitos, para que dentro de no mucho tiempo más, hechos como los del domingo se vuelvan a repetir, cuando no peores que los del domingo.

Quien tenga la obligación de tomar la decisión que la tome, pero que la tome no pensando en hoy o en su mandato, sino pensando en el futuro más cercano e inminente de Melilla.


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