Sobre el Día de Melilla

20/09/2016
"A mí, que llevo ya muchos años viviendo en estos pocos kilómetros cuadrados de tierra española en África, que no me quiten mi Día de Melilla".

“Hoy es el Día de todos los melillenses. Y cuando digo melillenses, ni puedo ni quiero distinguirlos bajo ningún orden. Porque la grandeza de esta bandera nos cubre por igual a todos y no entiende de clases, ni las quiere. Hoy, una vez más, muestro  mi más enérgica repulsa ante que aquellos que no quieren de ninguna forma que este Día se celebre. No acierto a comprender qué razones hay, teniendo en cuenta que esta Melilla es de todos. O quizás es que no quiero comprenderlas en su sentido más profundo. No importa. Aquí estaremos los demás, la inmensa mayoría, para recordarlo con su grandeza. Y advierto que estaremos muy atentos a cualquier veleidad que vaya en su contra. No se puede rechazar este Día, porque de alguna forma se rechaza a España. Y eso, ni se cuestiona, no se negocia. Ante eso, firmeza y decisión”.

Ni una sola de estas palabras que acaban de oír todos ustedes son mías. Son del presidente de la Ciudad Autónoma de Melilla, Juan José Imbroda, pronunciadas el pasado sábado, con motivo de la celebración del Día de Melilla.

Unas palabras, que como muchos de ustedes, suscribo punto por punto y que me van a permitir que haga mías. Porque de nuevo, algunos, sin más razón que la de dividir y la de seguir ahondando en la brecha de la separación. Siguen empeñados en querer cambiar la historia de Melilla.

Sí, queridos amigos y amigas, nuestra historia. ¿Por qué? Francamente no lo sé. Pero creo que detrás de esa negativa de algunos de querer admitir la realidad de Melilla, su historia, su presente y su futuro, se esconden muchos complejos. Complejos que disfrazados de lo que sea necesario en cada momento. No hacen otra cosa más que situar el debate social y de convivencia en Melilla, en el camino de la confrontación. Una confrontación de vecinos contra vecinos, amigos contra amigos e incluso, si la ocasión lo requiriese. De hermanos contra hermano y con un solo ánimo.

El querer lograr un mísero rédito político que no va a ninguna parte. Entre otras muchas cuestiones, porque los ciudadanos melillenses no son tontos. El debate sobre la celebración del Día de Melilla no conduce a otra cosa que no sea a la división y a esa fractura social que de momento, y de manera infructuosa, unos pocos están tratando de conseguir. Hace unas semanas fue el debate era sobre el borrego y las tradiciones de determinados ciudadanos melillenses.

El sábado fue el significado que para algunos tiene la celebración del 17 de septiembre como Día de Melilla. ¿Qué será lo próximo? Se lo conté a todos ustedes la semana que pasada y se lo reitero hoy. La intención de unos pocos aburridos, debidamente utilizados por quienes buscan quebrar nuestra convivencia. Es la de boicotear, bombardear o cuestionar otras muchas de nuestras tradiciones. Empezando por la próxima Navidad y probablemente, acabando o teniendo su punto culminante en la próxima Semana Santa.

Este es el panorama que nos espera para los próximos meses, con una Asamblea de Melilla que acoge en su seno a buena parte de los que están detrás. Eso sí, debidamente escondidos. De todo este montaje que viviremos. Que no servirá para nada, que no sea darle algunos minutos de gloria a quienes creen que saliendo en los periódicos, en las radios y las televisiones, son más importantes. Pero que hará ruido, mucho ruido. Y que probablemente, porque esto suele funcionar así, algún medio de comunicación nacional o internacional, comprará, porque será algo muy llamativo.

Nos enfrentamos todos los ciudadanos melillenses a unos momentos, que no diré que serán difíciles. Pero sí que les aseguro que cuento menos serán complicados. Algunos ya alrededor de un té en una céntrica cafetería, hablan ya de no sé qué clase de deuda histórica y de supremacía de unos melillenses respecto de otros. De cupos y  hasta de cuotas a la hora de acceder al empleo público en función de la religión, raza o creencia.

¿Y a dónde nos conducirá todo esto? Porque sin duda alguna, esa es la gran pregunta que debemos formularnos todos ante lo que está por venir. ¿A dónde y a qué nos conducirá todo esto que algunos están pergeñando? Mi respuesta está clara. A nada, absolutamente a nada. Porque el embriagador olor de un té, no da para que las fabulaciones, sueños y deseos frustrados de algunos acomplejados, se conviertan en realidad.

Cierto es que en este mundo de los medios de comunicación caben todos y cabe de de todo. Por muy disparatada que sea la propuesta, o por muy poca, por no decir ninguna, que sea la representación o representatividad de quien hable. Hay que llenar centímetros cuadrados de papel, minutos de radio y metraje en televisión. Y con eso juegan estos que ahora no quieren que se celebre el Día de Melilla, que ayer no querían que se acudiese a la Feria y que en breve pedirán que no se secunde la Cabalgata de los Reyes Magos. ¿De verdad se pueden ser más ridículo por simple y esperpéntico?

A mí, que llevo ya muchos años viviendo en estos pocos kilómetros cuadrados de tierra española en África, que no me quiten mi Día de Melilla. Aún recuerdo con cierta nostalgia la Noche de las Luces, de los Juan Díez de la Cortina y su difundo hermano Rafael, de Forocho, de Amalio Jiménez, de los hermanos Morente o del propio Armando Robles, que tendrían cada uno de ellos la ideología que quisieran tener. Pero que ante todo eran melillenses. Grandes melillenses, en unos tiempos en los que parecía que decir que se era melillense, era algo así como una especie de pecado capital.

Y no, queridos amigos y amigas. No. Para nada hay que volver a esos tiempos en los que existía una especie de complejo de ser español u ondear la bandera de España en esta orilla del Mediterráneo. El pasado sábado, y reconozco que por razones obvias yo no acudí. Al filo de las ocho de la tarde se izó la bandera de España en la Plaza de Armas de nuestra querida Melilla la Vieja. Se izó con todos los honores y arropada por centenares de ciudadanos melillenses que quisieron estar ahí, en ese maravilloso enclave celebrando el que fue su día, el Día de Melilla. Y esto no nos lo van a quitar ni por la vía del ruido mediático, ni por la vía de la política.

Llevan años intentándolo, pero la firmeza del Gobierno del Partido Popular de Melilla, presidido por Juan José Imbroda, lo está impidiendo. Porque ante eso, como bien apuntó el propio Imbroda el pasado sábado, decisión y firmeza. Y ningún miedo, ni ninguna vergüenza, ni mucho menos ningún complejo por ser español y melillense, que es lo que somos todos y llevamos con mucho orgullo.

Se avecinan, reitero, tiempos de dificultad. Tiempos de controversia. Y tiempos de confusión. Ante eso, los españoles melillenses que vivimos en esta tierra, seamos de la confesión religiosa que seamos, no podemos ceder ni un milímetro, y mucho menor dar un paso atrás. Si lo hacemos, que espero y deseo que no así de ninguna de las maneras. Ese paso ya no se podrá dar jamás al frente. Así que como diría aquel presidente del Barcelona, al loro, ¿eh?.

Al loro, que quedan muchas cosas por venir y otras tantas por pasar.


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